Durante los años de posguerra, con un marido encerrado en la cárcel (primero en Orihuela, y posteriormente en Valencia), a mi bisabuela no le resultó nada fácil sacar adelante a tres hijos, la mayor de los cuales tenía sólo 9 años.
Así que a todos les tocó madurar de golpe.
Para ganarse la vida y sacar a su familia adelante, mi bisabuela cuidaba chalets en la Malvarrosa de gente importante, limpiaba casas, e incluso se hizo estraperlista. Debido a la escasez, las cartillas de racionamiento sólo proporcionaban unos gramos de pan de centeno, pero mi bisabuela consiguió hacerse con la harina de trigo necesaria para hornear pan blanco.
Por supuesto, la buena mujer tenía que irse a un horno a la huerta para que no la descubrieran, allí amasaba con otras mujeres estraperlistas, y después emprendía el camino de vuelta a Valencia con el pan metido en un capazo cubierto por una manta y alfalfa, para disimular el olor.
Algunas veces, por miedo de la policía franquista, se había ocultado en un portal, dejando el capazo con el valioso pan allí abandonado. Ella salía de la finca como si nada, pero después regresaba corriendo para recogerlo. Se jugaba penas de cárcel, pero era más importante salir adelante. Cuando mi bisabuelo lo supo, se echó las manos a la cabeza, pero poco podía hacer dada su situación.
Repartía el pan a sus hijos. Mi abuela y su hermano, lo distribuían por el Grao y la Malvarrosa, y ella se marchaba al centro de Valencia, donde tenía aseguradas varias casas de médicos, abogados, dentistas, etc. donde podría venderlo sin problema alguno. Incluso alguna de esas familias, habían llegado a ofrecerle 3.000 pesetas de la época por adelantado para comprar la harina, y así ellos asegurarse sus barras de pan diarias, pero mi bisabuela se negó por miedo a no poder conseguir la harina en algún momento.
Precisamente, para ella todo empezó como un experimento: un día consiguió harina y decidió probar. Después de hornear el pan, se encaminó a una de las casas que ella cuidaba. Les preguntó a los dueños si sabían dónde podría vender el pan, y ellos fueron proporcionándole contactos. Así la buena mujer consiguió mantener a su familia - mi abuela asegura que después de la guerra nunca les faltó de comer, a pesar de un padre preso -, y alimentar a su marido también en la cárcel.
Así aguantaron varios años, hasta que mi bisabuelo fue puesto en libertad, y pudieron volver todos a Torrevieja.